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Diumenge, 15 Desembre 2019

Asociación Cultural Las Afueras
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papa en el huerto 27

 

Descomponiendo mi vida.

Capítol I. Un corto paseo de 95 años : de Begijar al Distrito 10 de Barcelona.

De camino al huerto, como cada mañana desde que me jubilé, atravieso la calle Menorca en dirección a la gasolinera situada al final de la Rambla Prim. Entro en el último tramo de la calle Maresme y a ambos lados de la misma observo como los plátanos de sombra plantados hace más de veinte años han crecido tanto que apenas si vislumbro sus espesas copas siempre en constante movimiento, agitadas sus ramas por una suave brisa en este día de verano. La sombra que proyectan los arboles en este tramo de la calle se agradece, sobre todo a la vuelta cuando vuelvo sudoroso y cansado.

2019 11 08 21 53 21 0067Veo alguna que otra madre rezagada llegando tarde al colegio Els Horts, tirando del niño como si se tratara de un pesado carro de la compra. Al llegar a la gasolinera sigo recto a través de un camino de zarzas, que se angosta poco después. Atravieso un pequeño puente y aparece un sendero repleto de matorrales a ambos lados que  me conduce hacia los huertos que hemos improvisado unos cuantos vecinos procedentes de distintos barrios y distritos de la ciudad condal. En general, somos gente mayor los que rememoramos otros tiempos al labrar la tierra azada en mano. Tiempos de miseria  que aún recordamos grabados en los surcos de nuestro cerebro.

Los huertos levantados en tierra de nadie. Separados los unos de los otros por empalizadas construidas con planchas de metal oxidadas, persianas de plástico abandonadas, palés de madera, puertas viejas, muelles de viejos colchones y con todo aquello que hemos hallado en los vertederos ilegales que abundan por doquier, para impedir que otras personas tengan fácil acceso al fruto de la cosecha de patatas, de berenjenas, tomates o  judías verdes, cebollas y zanahorias, entre otros productos, que cada temporada plantamos más por la ilusión que el resultado, más por sentirse útil todavía y para distraer el tiempo que aún nos queda por vivir. Distribuidos y asignados éstos por aquel que primero llega ahí se queda, dependiendo únicamente de la cantidad de tierra que sea capaz cada uno de labrar y siempre con el temor de que el Ayuntamiento decida echarnos algún día, para que puedan empezar las obras del AVE.

papa en el huerto 10Mis pensamientos revolotean en mi mente como mariposas alrededor de las flores, vienen y van y las palabras resuenan claras como si no hubieran transcurrido más de 70 años. Recuerdo a mi padre y a mi tío sentados a la puerta de nuestra casa preguntándome donde me había hecho daño. En la boquilla, contestaba yo. Y con ese mote me quedé, “el boquilla”, durante el tiempo que pasé correteando por los sembrados, jugando a pelota en las eras, tirándole piedras a los enemigos que habían sido mis amigos hacía unos instantes, hasta que se nos cruzaron los cables por una falta mal señalada por el árbitro y olvidado el balón entre los matojos ahora tocaba lanzarse piedras los unos a los otros hasta que acertabas y le partías la crisma a uno o te la partían a ti. De ahí nació mi mote, el boquilla, de una piedra lanzada con acierto para mi desgracia. Prácticamente los mejores años de mi vida, sin contar este tiempo que llevo de jubilado.

papa en el huerto 7Un mes antes de mi nacimiento en Begíjar, un pueblo sembrado de olivos de la provincia de Jaén, el 18 de enero de 1919, comenzaba la Conferencia de Paz, en el palacio de Versalles, con la participación de las 27 naciones vencedoras de la primera guerra mundial, bajo la dirección del denominado Comité de los Cuatro, EEUU, Reino Unido, Francia e Italia. Qué buen momento para nacer. Quién podía sospechar que todo el esfuerzo por reconstruir Europa y todos los tratados que llegaron a firmarse con posterioridad a la firma de los 440 artículos que contenían el Tratado de Paz, para consolidar las fronteras e incluso la creación de la Sociedad de Naciones, no iban a servir para evitar la segunda guerra mundial.

El propio presidente de la República durante la guerra civil española, Manuel Azaña, llegó a manifestar que “el tratado de Versalles se cae a pedazos, y con él la Sociedad de Naciones que lo custodia”. Sobre todo si tenemos en cuenta la respuesta de ésta a la petición que Miguel Santaló, presidente del Consejo de Trabajo de la República Española, envió el 31 de marzo de 1938, unos días después de los terribles bombardeos sobre Barcelona, en la que solicitaba que la Sociedad de Naciones condenara a Italia por el bombardeo sobre la ciudad de Barcelona. Santalo argumentaba que el bombardeo violaba una resolución que había sancionado la Sociedad de Naciones el 25 de julio de 1932, que protegía el bombardeo aéreo sobre objetivos civiles. La respuesta por parte de la Sociedad de Naciones señalaba que el Protocolo de 1925, relativo a la prohibición del empleo de gases asfixiantes, tóxicos o similares y de medios bacteriológicos en la guerra, había creado los principios vigentes del derecho internacional. Pero sostenía que este protocolo no se aplicaba a los bombardeos aéreos, y por lo tanto, no era relevante.

1919 fue un año caliente en prácticamente todo el mundo: el triunfo de la clase obrera rusa en la Revolución de Octubre sacudía un mundo convulsionado por la lucha de clases tras la primera guerra mundial. En Jaén , en donde los conservadores, apoyados por caciques locales, ganaron las elecciones de 1918 y 1919, su líder Prado y Palacio, propuso la creación de un bloque que aglutinara a las fuerzas conservadoras, alarmado por las más de 50 huelgas que ese año hubo en la provincia.

Entre el 5 de febrero y el 21 de marzo de 1919, la Barcelona fabril se quedaba sin electricidad. Se estaba desarrollando la gran Huelga de la Canadiense, cuyo paro detenía las industrias y arrancó una huelga general. Después de 44 días, los trabajadores vencían conquistando la jornada laboral de 8 horas.

papa en el huerto 21Yo había nacido con un tratado de paz bajo el brazo y con un decreto que reducía la jornada de trabajo a ocho horas. Podía haber sido un buen presagio, pero no lo fue, y a mis dieciocho años, en febrero de 1938, ingresaba como voluntario en la Guardia de Asalto, creada por Azaña, a instancias de mi hermano mayor quien me aconsejó que entrara en la Academia, para evitar así el frente. Fui destinado a la Compañía de Depósito en Benicasin, pasando en el mes de marzo del mismo año a Barcelona,   al veintiún Grupo de Asalto, ochenta y dos compañía, tomando parte como fuerza de choque en determinados frentes de Catalunya, hasta el día 5 del mes de enero de 1939, en que fui hecho prisionero, junto a otros compañeros en la localidad de Vinaixa, e internado en el campo de concentración de Miranda de Ebro.

Las previsiones hechas por mi hermano no se llegaron a cumplir, pues Barcelona fue atacada desde noviembre de 1936 y en particular desde febrero de 1937 por mar y aire por las tropas fascistas de Franco, por la aviación italiana y por el tercer Reich alemán. Los días 16, 17 y 18 de marzo de 1938 la ciudad sufrió uno de los bombardeos más duros de su historia. 44 toneladas de bombas después del inicio de los ataques fueron lanzadas por parte de la Aviazione Legionaria Italiana.

papa en la guerra 2Los bombardeos habían empezado a las 22.08 horas del día 16 de marzo. Los peores  tuvieron lugar a las 14 horas del jueves 17 de marzo de 1938. Las bombas no iban dirigidas a objetivos militares. Las lanzaron deliberadamente en el centro, la zona más poblada de la ciudad. Los aviones Saboya S81 y S79, los más eficaces bombarderos de los que disponía en aquel momento la aviación fascista italiana, fueron los encargados de perpetrar semejante atrocidad y matanza.

Los aviones italianos realizaron los raids sobre la ciudad, con intervalos aproximados de tres horas. Ninguna otra ciudad había sido antes bombardeada desde el aire de forma tan sistemática y durante tanto tiempo. Los ataques carecían de objetivos militares en una ciudad abierta, sin defensas y con pocas instalaciones estratégicas. Sus habitantes eran mujeres, ancianos y niños, pues los hombres estaban en el frente. Los fascistas buscaron crear pánico, desconcierto y desmoralización con incursiones múltiples, inesperadas e ilógicas.

El mismo Chamberlain, primer ministro del Reino Unido por aquel entonces, calificó de monstruoso, el crimen bestial que perpetró la aviación fascista en Barcelona esos días. Este ministro que había negado al Gobierno republicano el derecho a comprar cañones antiaéreos para defender y proteger al pueblo, se manifestó horrorizado y disgustado ante tremenda matanza de civiles. El Eje se estaba entrenando para lo que después fueron las destrucciones de Londres y Varsovia.

Cuando llegué a la ciudad de Barcelona, un día después de los bombardeos, el 19 de marzo, vi horrorizado el tremendo daño que habían causado las bombas en el centro de la ciudad. Lejos de poner fin a estos bombardeos indiscriminados, las fuerzas del Eje continuaron sembrando la muerte y la destrucción a lo largo de toda la contienda. 

papa en la guerra 3 2Mi compañía realizaba guardias en algunos edificios estratégicos de la ciudad, entre ellos, uno situado en la parte superior de un edificio de la Vía Layetana. Era un nido de ametralladoras dispuesto para disuadir cualquier intento de subversión contra el gobierno republicano, viniera de donde viniera. La aviación italiana dejó caer justo al lado de donde me encontraba, el 19 de julio de 1938, varias bombas que estuvieron a punto de acabar con mi vida. Cayeron en el número 32-34 de la Vía Layetana, y la catedral recibió dos bombas que destrozaron parte de la capilla del Sacramento. Al efectuarse el bombardeo de madrugada no causó víctimas entre los civiles, pero yo me llevé un buen susto.

Un mes más tarde, el 19 de agosto, durante la madrugada los aparatos de la invasión realizaron un nuevo bombardeo de la población civil de Barcelona lanzando al núcleo urbano una gran cantidad de explosivos que causaron muchas víctimas. Parte de las bombas circundaron la catedral. Esta agresión dirigida exclusivamente contra la población civil, coincidió con la llegada a la ciudad de los comisionados ingleses, encargados de investigar los bombardeos aéreos de ciudades abiertas. De nada sirvió que la prensa inglesa al dia siguiente destacara en grandes titulares este ataque, puesto que las fuerzas fascistas continuaron bombardeando Barcelona hasta pocas horas antes del final de la contienda.

 

Capítol II. La meva vida entre guerres.

Recuerdo que mi padre comentaba que la primera guerra mundial España la vivió como país neutral y que algunos sacaron un buen provecho económico de esa situación al proveer materias primas, como el carbón y el hierro, a las potencias en lucha. También las navieras y la banca sufrieron un avance espectacular. Se forjaron las grandes fortunas españolas del siglo XX. Sin embargo, mi familia, al igual que el resto de los trabajadores españoles, sufrió la subida de precios de todos los productos y la escasez de alimentos. Aunque nunca les faltó el pan con aceite la  familia sufrió, al igual que muchas, las consecuencias de la gran guerra. También fuimos bendecidos con una buena dosis de las célebres fiebres palúdicas, llamadas el mal de las ciénagas, que contrajimos mi hermano y yo en La Laguna. Y de las célebres jornadas de ocho horas tampoco pudimos disfrutar demasiado tiempo.

papa en el huerto 18La Laguna no era un lugar de retiro y descanso de las familias pobres de mi pueblo, ni la de otros trabajadores de la comarca, sino más bien uno de los lugares donde los asalariados, jornaleros o temporeros trabajaban por una miserable paga y éramos pasto de los mosquitos infectados con la malaria, mientras recogíamos las olivas. Situada en la localidad de Baeza, La Laguna era un conjunto residencial y productivo, que fue propiedad de la Compañia de Jesús desde el siglo XVII . Esta orden transformó el baldío en terreno de cultivo y de riego. Cuando Carlos III expulsó a la Compañía de Jesús, la Hacienda pasó a manos de la Casa Ducal de Alba y ya entrado el siglo XIX fue adquirida por la familia Collado, poseedores de los títulos de Marqueses de Viana, y posteriormente Marqueses de La Laguna.

Más de dos millones de jornaleros sin tierras vivíamos en condiciones miserables en el sur de España. La Ley de Reforma Agraria de España de 1932, promulgada el 9 de septiembre, por la Segunda República vino a palirar durante un tiempo la tremenda desigualdad existente. No obstante, Jaén era la provincia que sobresalía por el nivel de desempleo en esos años. Un paro que no se eliminaba del todo ni en los meses de la recolección. Mi padre, mi hermano y yo, al cumplir los quince años, nos dedicábamos a buscar trabajo en las carreteras que se estaban construyendo, en los puentes y túneles, cuando no había trabajo en el campo. Mi labor, al principio, consistia en preparar la comida, mientras mi hermano y mi padre machacaban piedra en la carretera, pero al poco tiempo yo también empecé a usar el martillo de tal forma que no tardé en ganar más dinero que ellos. Parecía que había nacido para aquello. Como recompensa mi madre los domingos me daba la paga al tiempo que me decía que si era bueno para trabajar, me merecía unos buenos reales para gastármelos en aquello que más deseara.

Una parte de los latifundios fueron expropiados con indemnización y fueron entregados en pequeños lotes a los jornaleros. Durante esos años cada olivo fue trabajado con el mayor esmero del mundo. Los obreros asentados en fincas expropiadas formaban comunidades de campesinos estables tuteladas técnica y financieramente por el Instituto de la Reforma Agraria. Este organismo fue creado en 1932 como instrumento con el que implementar la proyectada Reforma Agraria. Durante los gobiernos de Manuel Azaña (bienio progresista o republicano-socialista) fue la medida más trascendental, ya que España vivía una agricultura estancada en la tradición latifundista. Buscaba promover la explotación colectiva del terreno. Sin embargo, el Instituto funcionó muy lentamente, y fue ineficaz por su bajo presupuesto. Se creó, paralelamente al organismo, el Banco Nacional Agrario, que fué mal visto por la banca privada, y semiestatal.

Aunque yo también contraje las fiebres palúdicas, fue mi hermano mayor quien murió víctima de las mismas, a poco de finalizar la guerra contra los sublevados fascistas.

Un documento de 1866, identificaba a todo terreno pantanoso como perjudicial para la salud, sucumbiendo algunos habitantes de dichos terrenos de un modo fulminante bajo el influjo de las llamadas fiebres pútridas. De ahí que Cambó, ministro de Fomento, en 1918, aprobase una serie de leyes conducentes a la desecación de humedales en España. No llegaron tarde las leyes para nosotros, pero si la puesta en marcha de las mismas en todo el territorio español.

 

Primera part de la narració d'un jubilat amb sort de la Verneda, un barri del districte 10 de Barcelona. Autors: Espero vivir después de llegar a viejo i Te estoy hablando de mi generación.

Autor de les fotografies: Francisco Martos.

Fotografies de les destrosses al centre de Barcelona, provocades pels bombardeigs del 18 de març de 1938 extretes del llibre Topografia de la Destrucció. Els bombardeigs de Barcelona durant la Guerra Civil (1936-1939), de les autores Laia Arañó i Mireia Capdevila.

 

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