|
|
|
Estimadx amigx: La oscuridad se cierne sobre La Habana como un fantasma.En un abrir y cerrar de ojos, calles enteras se sumergen en la más absoluta oscuridad: el resultado previsible de un bloqueo de los Estados Unidos diseñado para castigar al pueblo cubano hasta que se rinda. Pero la luz está en camino. En marzo, aviones, barcos y delegaciones de todo el mundo convergieron en la capital de Cuba. En el aeropuerto José Martí, valijas llenas de antibióticos, medicamentos contra el cáncer y material quirúrgico se apilaban en largas filas a lo largo de la sala de llegadas. En el mar, los barcos cruzaron el Caribe, retrasados por el mal tiempo antes de atracar finalmente en La Habana. Al llegar, se descargaron paneles solares y generadores y se llevaron rápidamente a los hospitales que luchaban por mantener en funcionamiento los servicios esenciales. El Nuestra América Convoy había llegado. Desde Milán hasta Ciudad de México, desde los puertos del Caribe hasta las calles de La Habana, más de 600 delegadxs llevaron más de 35 toneladas de ayuda —medicamentos, alimentos y equipos de energía— a una isla llevada al límite por meses de una guerra económica intensificada. Los suministros llegaron a clínicas y salas que ya estaban racionando la atención. Lxs médicos recibieron equipos para mantener las luces encendidas durante el próximo apagón. Mientras lxs delegadxs convergían en La Habana el sábado 21 de marzo, más de una docena de ciudades de todo el mundo se movilizaron al mismo tiempo. Frente a las embajadas de los Estados Unidos y en plazas públicas —Londres, Dublín, Madrid, Ciudad de México, Atenas, Viena, Sídney, Johannesburgo y más— se reunieron manifestantes con una demanda común: acabar con el bloqueo. Al mismo tiempo, el Convoy llegó más lejos de lo que podría cualquier manifestación por sí sola. En Milán, filas de valijas llenas de medicamentos se extendían por el piso del aeropuerto, filmadas y compartidas mientras lxs delegadxs se preparaban para partir en un vuelo chárter. Días después, aparecieron barcos en el horizonte de La Habana, y su llegada fue captada por las emisoras y retransmitida mucho más allá de la isla. Por toda La Habana —en ruedas de prensa, conciertos y hospitales— las entrevistas con organizadorxs y participantes se difundieron rápidamente por las redes, llevando la historia a espacios donde Cuba rara vez aparece. Las imágenes se acumularon. Durante varios días de marzo, el Convoy rompió el bloqueo informativo que tantas veces aísla a la isla. Lxs analistas en Cuba registraron un aumento en la participación digital a medida que circulaba la historia —no solo como una crisis, sino como una acción. Y no se quedó ahí. Las agencias de noticias la difundieron por todo el mundo. Associated Press, Reuters y Agence France-Presse informaron sobre la magnitud de la ayuda y la coalición que la respaldaba. Los principales medios de comunicación de Europa, América Latina y América del Norte siguieron los barcos, los aviones y su convergencia en La Habana. Cuando lxs delegadxs regresaron a los Estados Unidos, las autoridades confiscaron teléfonos e interrogaron a lxs participantes, una respuesta que reveló cómo se estaba interpretando la misión. El Convoy había cambiado algo. Durante meses, se había presentado a Cuba como un lugar en colapso —escasez, apagones, crisis— y las políticas que generaban esa crisis se trataban como un trasfondo lejano. El Convoy ayudó a que esas políticas volvieran a ser visibles y cuestionables. Replanteó la situación no solo como una emergencia humanitaria, sino como una cuestión política: ¿quién impone el bloqueo y quién está dispuesto a romperlo? Días después, esa pregunta pasó de la retórica a la realidad. En el puerto de Matanzas, un petrolero ruso —el Anatoly Kolodkin— atracó con más de 700 000 barriles de petróleo crudo, el primer envío importante de combustible que llegaba a Cuba en meses. Tras semanas en las que la escasez de combustible había paralizado la isla, se permitió el paso del buque. La explicación de Washington fue cautelosa: una excepción humanitaria, no un cambio de política. Pero en otros lugares, las implicaciones se plantearon más abiertamente. La presidenta Claudia Sheinbaum afirmó que México se reserva el derecho de suministrar combustible a Cuba, ya sea como ayuda humanitaria o mediante acuerdos comerciales normales. Otros gobiernos señalaron posiciones similares de manera más discreta. La línea que parecía fija —«Hay un embargo. No hay petróleo. No hay dinero. No hay nada», se había jactado Trump a bordo del Air Force One el 16 de febrero — comenzó a difuminarse. En una rueda de prensa unos días antes en La Habana, Jeremy Corbyn había planteado la pregunta: «Si Francia, Alemania y Gran Bretaña ordenaran a un petrolero que fuera a Cuba a entregar petróleo, ¿realmente bombardearían los Estados Unidos a ese petrolero? ¿Realmente impedirían que ese petrolero pasara?» En Matanzas, la pregunta no necesitaba respuesta con palabras. Un barco había cruzado. Su carga estaba siendo descargada a tierra. Lxs trabajadorxs se movían por los muelles, con mangueras que iban del buque cisterna a la terminal, como si se tratara de una entrega normal. En cierto sentido, lo era. En otro, era algo completamente distinto: una prueba que no había sido detenida. Nada de esto resuelve la crisis. El envío durará días, no meses. Los hospitales siguen racionando la electricidad. Las farmacias siguen sin tener suficientes existencias. La arquitectura del bloqueo —diseñada, como decía un memorándum de los Estados Unidos de 1960, para provocar «hambre, desesperación y el derrocamiento del gobierno»— sigue marcando la vida cotidiana. Pero el terreno ha cambiado. En La Habana, las luces seguirán apagándose. Pero ahora vuelven a encenderse en un ambiente político diferente, uno en el que se cuestiona el asedio. La ayuda llega no como caridad, sino como desafío. Los envíos de combustible ya no son hipotéticos, sino que tienen precedentes. Los gobiernos sopesan sus opciones frente a un ejemplo ya establecido. En los muelles de Matanzas, el petróleo fluye hacia los tanques de almacenamiento. En los pasillos de los hospitales, los generadores arrancan, fallan y vuelven a arrancar. En los teléfonos móviles —cuando no los han confiscado— siguen circulando videos de valijas, barcos y multitudes. Poco a poco, la sensación de inevitabilidad que sostenía el bloqueo empieza a debilitarse. Porque se ha demostrado, en la práctica, que se puede romper. En solidaridad, El Secretariado de la Internacional Progresista |
