BEIRUT, 5 de mayo de 2026 - A pesar del alto el fuego anunciado y en vigor desde el pasado 17 de abril, la crisis humanitaria y de desplazamiento en el Líbano está lejos de haber terminado. La situación es extremadamente frágil, marcada por bombardeos aéreos, fuego de artillería, demoliciones, órdenes de evacuación, prohibiciones de retorno a determinadas zonas y restricciones de movimiento que continúan provocando desplazamientos reiterados y un rápido aumento de las necesidades humanitarias.
ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, subraya que, aunque la capital, Beirut, no ha sido atacada en las últimas semanas y la situación en el Líbano ha ido desapareciendo de los titulares, los civiles que permanecen en el sur del país y en algunas áreas del valle de la Bekaa siguen viviendo con el mismo temor por sus vidas que antes del alto el fuego. Y cada vez son más los que se ven obligados a huir.
Desde el 17 de abril, al menos 380 personas han muerto pese a la declaración del alto el fuego. La destrucción generalizada persiste en amplias zonas del país y afecta a viviendas de cientos de miles de personas, así como a infraestructuras básicas. Según el Consejo Nacional de Investigación Científica del Líbano (CNRS, por sus siglas en inglés), 428 viviendas fueron destruidas y otras 50 resultaron dañadas solo en los tres primeros días tras el anuncio de la tregua. La población civil sigue siendo directamente afectada, y la inseguridad continúa condicionando las decisiones de muchas personas sobre si regresar a sus pueblos y ciudades o permanecer, por ahora, en lugares relativamente más seguros. En algunas zonas del sur bajo control del ejército israelí, a muchas personas desplazadas ni siquiera se les permite regresar.
Aunque todas las personas desplazadas anhelan volver a sus hogares y miles de familias han intentado hacerlo desde el inicio del alto el fuego, estos movimientos son aún limitados, parciales y, con frecuencia, reversibles. Muchas familias regresan para comprobar si es seguro, pero se encuentran con sus casas destruidas, barrios inseguros y servicios básicos inexistentes. Se ven obligadas a marcharse de nuevo, atrapadas en ciclos repetidos y agotadores de incertidumbre.
Quienes logran regresar se enfrentan a una realidad devastadora: destrucción masiva de viviendas e infraestructuras, ausencia de electricidad y agua, centros de salud y escuelas dañados o fuera de servicio, y riesgos persistentes por la presencia de munición sin explotar.