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Divendres, 03 abril 2026

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Una retórica perfeccionada desde la destrucción de los armenios.

¿Cómo negar un genocidio?

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Si bien para el gobierno de un Estado poderoso resulta relativamente fácil perpetrar masacres a gran escala, es más difícil asumir públicamente la responsabilidad de un genocidio. De ahí la necesidad de minimizar, ocultar, reescribir la historia. El caso del genocidio armenio (1915-1916), aún no reconocido por el poder turco, permite observar las lógicas y los métodos de ese tipo de negación.

por Razmig Keucheyan, febrero de 2026

En agosto de 2025, el presentador de pódcast Patrick Bet-David le preguntó a Benjamín Netanyahu por qué Israel no reconocía el genocidio armenio. “Lo reconozco. Listo, ya lo he hecho”, respondió el interpelado. Para que tuviera carácter oficial, el reconocimiento debería ser votado por la Knéset, el parlamento israelí. No obstante, su respuesta convierte a Netanyahu en el primer jefe de Gobierno israelí que reconoce públicamente el genocidio armenio.

¿A qué se debe este retraso de más de un siglo tras los hechos (1)? Según Bet-David, habida cuenta de la historia de Israel, este reconocimiento podría haberse realizado antes. Pero Tel Aviv mantiene tradicionalmente buenas relaciones con Ankara, que fue la primera capital de un país de mayoría musulmana que reconoció el Estado de Israel en 1949: su silencio ha sido un modo de seguir estando en buenos términos con ella.

El rechazo a reconocer el genocidio armenio también obedece a la voluntad de Israel de afirmar la “unicidad” de la Shoah. “Rechazamos los intentos de establecer semejanzas entre el Holocausto y las alegaciones armenias —explicó Simón Peres, por entonces ministro de Asuntos Exteriores de Israel, durante una visita a Turquía en 2001—. No sucedió nada parecido al Holocausto. Lo sufrido por los armenios es una tragedia, pero no un genocidio”. Desde esta perspectiva, comparar el exterminio de los judíos por parte de los nazis con otros genocidios equivaldría a “relativizarlo”, fragilizando así su papel en la legitimación del proyecto sionista.

Las relaciones entre ambos países experimentan en la actualidad un franco deterioro (2). Israel comete él mismo un genocidio en Gaza, denunciado como tal por el presidente turco Recep Tayyip Erdogan. La declaración de Netanyahu responde a esta acusación. El primer ministro israelí se defiende distinguiendo entre los genocidios y la simple “guerra” contra Hamás en la que afirma estar embarcado. Por lo que a él respecta, reconocer la eliminación de los armenios equivale a minimizar sus propios crímenes.

La negación del genocidio de 1915 tiene la característica de derivar de una política de Estado: Turquía, “sucesora” del Imperio otomano, fue la perpetradora de las masacres. Los “asesinos de la memoria” —en palabras del historiador Pierre Vidal-Naquet— no son, en este caso, seudohistoriadores aislados o miembros de grupúsculos nazis, sino una nación moderna que cuenta con importantes medios materiales y simbólicos. Ankara ha gastado millones de dólares para contrarrestar las “alegaciones armenias” por todo el mundo y luchar contra los esfuerzos para que se reconozca el genocidio, entregándose, por ejemplo, a una desenfrenada actividad de cabildeo con los representantes electos estadounidenses.

¿A qué se deben tantos esfuerzos? El genocidio armenio es el crimen fundacional de la Turquía moderna. La transición entre el Imperio otomano y la actual Turquía entrañó la construcción de una “turquidad” que excluía a las minorías del imperio —en especial las cristianas— de la identidad nacional. Como señaló el sociólogo Michael Mann, los genocidios no responden a una barbarie ancestral: a menudo se producen en el marco de la construcción de los Estados modernos (3). Es la “cara oscura de las democracias”, que, en el momento de su aparición, a veces les cuesta acomodarse al pluralismo lingüístico y religioso. De ahí que Israel pueda, simultáneamente, presentarse como una democracia para sus ciudadanos judíos y entregarse de forma periódica, desde su fundación, a la limpieza étnica de los palestinos. El temor al acceso a la ciudadanía plena —y a los recursos que esto conlleva— de colectivos distintos al grupo “etnonacional” dominante alimenta la violencia de la que son objeto.

El reconocimiento del genocidio armenio por parte de Turquía supondría reparaciones territoriales y financieras. Un genocidio siempre comprende una transferencia de bienes muebles e inmuebles en favor de quienes lo cometen. Un ejemplo: el conocido parque Gezi, en Estambul —contra cuya destrucción se produjo en 2013 una gran movilización popular— se halla en el emplazamiento de una iglesia y de un antiguo camposanto armenio (4). Las lápidas sirvieron de material de construcción. Este expolio a gran escala, esencial para la construcción de la Turquía moderna, puede ser susceptible de demandas de reparaciones en caso de reconocimiento (5).

Para evitar que algo así suceda, Turquía ha desplegado un amplio surtido de técnicas negacionistas: prohibición o filtrado estricto del acceso a los archivos —por ejemplo, a los registros catastrales en los que se detallan las propiedades armenias antes de las deportaciones—, creación de pretendidos institutos de historia encargados de negar el genocidio, financiación de cátedras universitarias en diversos países, manuales escolares que divulgan una versión falseada de los hechos, activismo en Internet y en las redes sociales (6)

En 1934, la productora cinematográfica estadounidense Metro Goldwyn Mayer (MGM) consideró llevar a la gran pantalla Los cuarenta días del Musa Dagh, novela de Franz Werfel que describe la resistencia durante el genocidio, hasta su salvamento por un buque francés, de un grupo de armenios en el monte Moisés, cercano a Siria. La embajada de Turquía en Estados Unidos puso toda la carne en el asador para evitar que la película se realizara, cosa que logró. Ese mismo año, los nazis prohibieron el libro en Alemania: los paralelismos entre la suerte corrida por los armenios y la reservada a los judíos resultaba demasiado evidente. Cerca de un siglo más tarde, en el memorial del genocidio de los tutsis en Kigali, la capital ruandesa, varias galerías recorren la historia de los crímenes de masas del siglo XX. Pero la sala dedicada al genocidio armenio ha desaparecido: Turquía condicionó su apoyo económico al país al cierre de la misma. La solidaridad entre los pueblos víctimas de exterminio a veces sucumbe ante otro género de consideraciones.

El trabajo de los historiadores resulta más constante. El propio hecho de que Turquía dedique tantos medios a la negación del genocidio sugiere un avance en los conocimientos sobre el tema. En la actualidad existe un consenso universitario en afirmar que los acontecimientos de 1915 y 1916 constituyen claramente un genocidio. Este trabajo es obra de nuevas generaciones de investigadores, en parte de origen turco, pero a menudo establecidos fuera de Turquía. Según el artículo 301 del Código Penal turco, afirmar la realidad del genocidio constituye un “insulto a la nación turca”.

Estos progresos científicos también explican la evolución del registro discursivo de los negacionistas. La negación empezó en tiempos del propio genocidio, cuando las autoridades otomanas tuvieron que explicar las masacres y deportaciones a los extranjeros presentes en el imperio: embajadores, cónsules, comerciantes, religiosos. Dos polos se diferenciaron en aquella época: la negación y la justificación del genocidio. Según la paradójica fórmula del historiador Ronald Suny: “No hubo tal genocidio y los armenios fueron sus responsables” (7).

Negar: “Las cifras de muertos armenios son exageradas”, “había que alejar a las poblaciones armenias de las zonas de conflicto por su propia seguridad”, “la culpa la tuvieron desafortunadas epidemias y criminales locales”, “era una guerra: todos sufrieron”, “hubo muertos, en efecto, pero no una intención genocida”. Justificar: “Los armenios conspiraban con los enemigos occidentales”, “el movimiento nacional armenio esperaba el derrumbe del imperio para hacerse con un territorio independiente”, “comerciantes y financieros armenios explotaban a la población turca”. Los verdugos se convierten en víctimas: tal es una de las operaciones básicas del negacionismo.

Cuando los historiadores rebatieron estos argumentos, los negacionistas jugaron una nueva baza: la de la duda legítima. Turquía lleva desde los años 1980 contratando los servicios de las mismas empresas de relaciones públicas que la industria del tabaco… esas que más adelante consiguieron que el escepticismo sobre el cambio climático se abriera un hueco en los debates públicos (8). “La duda es nuestra mercancía”, explicaba el dirigente de una de esas sociedades. Y la duda también se pone a la venta para empañar la memoria histórica. Más que afirmar que el tabaco es inofensivo para la salud, los mercaderes de la duda sostenían que no existían certezas absolutas sobre sus efectos. La industria financiaba estudios que mostraban de manera fraudulenta la debilidad de las correlaciones —o la ausencia de una causalidad propiamente dicha— entre el tabaco y diversas patologías. Con el tiempo todos fueron refutados, pero la sospecha persiste entre algunas personas.

Lo mismo sucede con lo que Turquía denomina, como si el asunto opusiera dos puntos de vista, la “controversia turco-armenia”. De lo que se trataba era de dotar de respetabilidad al negacionismo revistiéndolo de las galas de la dignidad científica. Entretanto, Mehmet Talat, alias Talat Pasha, el arquitecto del genocidio armenio, era elevado al rango de héroe de la nación turca, con monumentos y calles con su nombre en todas las ciudades del país.

El trabajo de los historiadores ha tenido sus efectos en la arena política: más de treinta países han reconocido oficialmente el genocidio armenio. Por supuesto, sería preferible que los Estados no se inmiscuyeran en la verdad histórica. Pero, en este caso, el que cometió el genocidio se esfuerza activamente en negarlo. Turquía, aliada de los países occidentales durante la Guerra Fría, se benefició durante mucho tiempo de su silencio cómplice. La caída de la URSS dio paso a una ola de reconocimientos: las alteraciones en las alianzas geopolíticas obstruyen o favorecen el avance de la verdad histórica.

También avanza la cuestión de las reparaciones. En 2025, la aseguradora francesa AXA se vio obligada a indemnizar con cerca de 15 millones de euros a los descendientes de las víctimas del genocidio titulares de una póliza de la Unión de Aseguradoras de París (UAP), una de las empresas que precedieron a AXA: 10.000 clientes otomanos de origen armenio que, curiosamente, habían desaparecido sin dejar rastro.

Entre algunos sectores de la sociedad civil turca persiste una vaga memoria de las masacres de armenios (9). Sería exagerado afirmar que la población se opone al discurso impuesto por el Estado. Muchos turcos y kurdos participaron en las masacres, de las que sacaron beneficios materiales. Pero es difícil “desver” las atrocidades que uno ha visto, y a veces los relatos de dichas atrocidades han circulado de generación en generación. En la década del 2000 apareció en el espacio público turco el fenómeno de los “criptoarmenios”: turcos que, de repente, descubrían que uno de sus antepasados era un armenio que había ocultado su identidad para sobrevivir. En la actualidad, la radicalización autoritaria de Erdogan impide esta clase de declaraciones.

Padres fundadores y asesinos

Las relaciones de fuerzas en materia de memoria también evolucionan bajo el efecto de presiones externas. El trabajo de memoria realizado por Alemania sobre el genocidio de los judíos, así como la solicitud de Turquía de integrarse en la Unión Europea, constituyen sendos puntos de apoyo para la reivindicación de reconocimiento y reparaciones. En las décadas de 2000 y 2010 incluso llegaron a celebrarse en Turquía algunos coloquios dedicados al genocidio.

Sin embargo, como recuerda el historiador turco Taner Akçam, “para una nación no es fácil calificar a sus padres fundadores de ladrones y asesinos”. Lo cual es tanto más verdad cuando el crimen sigue su curso: hoy en día, los palestinos de Gaza sufren lo que algunos especialistas denominan un “genocidio por atrición” (10). La idea puede encontrarse ya en los textos de Raphael Lemkin, el creador del concepto de “genocidio”. Naturalmente, la violencia armada sigue adelante, pero a ella se le añaden las muertes resultantes de la destrucción de las condiciones de vida en Gaza. El genocidio se “automatiza”, lo que de paso permite dar por buena la mentira de que se ha reducido la intensidad de la violencia.

 
 

(1) Eldad Ben Aharon, “A unique denial: Israel’s foreign policy and the Armenian genocide”, British Journal of Middle Eastern Studies, vol. 42, n.° 4, Abingdon-on-Thames, 2015.

(2) Véase Ariane Bonzon, “Israel y Turquía, una enemistad muy bien llevada”Le Monde diplomatique en español, mayo de 2025.

(3) Michael Mann, The dark side of democracy. Explaining ethnic cleansing, Cambridge University Press, 2005.

(4) Ayşe Parla y Ceren Özgül, “Property, dispossession, and citizenship in Turkey; or, the history of the Gezi uprising starts in the Surp Hagop Armenian cemetery”, en Public Culture, vol. 28, n.° 3, Nueva York, septiembre de 2016.

(5) Véase Raymond H. Kévorkian, “The Property Law and the Spoliation of Ottoman Armenians”, en Thomas Kühne, Marc A. Mamigonian y Mary Jane Rein (dirs.), Documenting the Armenian genocide. Essays in honor of Taner Akçam, Palgrave Macmillan, Londres, 2024.

(6) Bedross der Matossian, “Le négationnisme du génocide arménien à l’ère du numérique. Les ‘événements de 1915’ revisités sur Internet”, Revue d’Histoire de la Shoah, n.° 221, París, 2025.

(7) Ronald Grigor Suny, “Truth in Telling: Reconciling Realities in the Genocide of the Ottoman Armenians”, en American Historical Review, vol. 114, n.° 4, Chicago, 2009.

(8) Marc A. Mamigonian, “Academic denial of the Armenian genocide in American scholarship: Denialism as manufactured controversy”, Genocide Studies International, vol. 9, n.° 1, Toronto, 2015.

(9) Uğur Ümit Üngör, “Lost in commemoration: the Armenian genocide in memory and identity”, Patterns of Prejudice, vol. 48, n.° 2, Abingdon-on-Thames, 2014.

(10) Elyse Semerdjian, “Gazafication and genocide by attrition in Artsakh / Nagorno Karabakh and the Occupied Palestinian Territories”, Journal of Genocide Research, Abingdon-on-Thames, 2024.

Razmig Keucheyan

Profesor de sociología en la Universidad París Cité.


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