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Los días 7 y 8 de julio, los miembros de la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN) se reunieron en Ankara, Turquía, para celebrar su cumbre anual.
La cumbre reflejó dos tendencias opuestas. Por un lado, los Estados miembros de la OTAN están aumentando drásticamente su gasto militar y actuando con una beligerancia cada vez mayor en el escenario mundial. Por otro lado, se ven divididos por crecientes diferencias internas y una resistencia internacional cada vez mayor ¿Qué tendencia prevalecerá?
La cumbre de la OTAN del año pasado en La Haya produjo la declaración más breve en la historia de las cumbres de la OTAN. Sus cinco breves párrafos tenían como objetivo lograr un consenso dentro de una alianza cada vez más incapaz de ponerse de acuerdo sobre su misión básica y su papel actual.
Este año, las divisiones parecen haberse profundizado. Los Estados miembros tuvieron dificultades para ponerse de acuerdo sobre el apoyo a Ucrania, no pudieron encontrar un terreno común respecto a Irán y, en particular, España se negó a comprometerse con el objetivo de gasto del 5 %.
En respuesta, el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, arremetió contra España. Tildó a España de «socio terrible» y de «causa perdida», y ordenó a su secretario del Tesoro que cortara todo comercio con el país europeo, al tiempo que reactivaba su reclamo sobre Groenlandia —amenazando de hecho con anexar el territorio de otro miembro de la OTAN—. A pesar de estas amenazas, el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, se mantuvo tan servil y efusivo en sus elogios a Trump que un periodista le preguntó si su actitud tenía «algún efecto en [su] autoestima».
Mientras que la Declaración de la Cumbre de 2025 sentó las bases para un aumento del gasto militar en todo el bloque —estableciendo el mecanismo para llevar el gasto al 5 % del PIB—, la declaración de este año se centró en la implementación. Según la Declaración de Ankara, los miembros europeos de la OTAN y Canadá aumentaron sus «inversiones en necesidades fundamentales de defensa en más de 139 mil millones de dólares».
El enfoque en los miembros europeos y Canadá —con exclusión de los Estados Unidos— no fue casual. La administración del presidente de los Estados Unidos Donald Trump ha presionado agresivamente por lo que generaciones de dirigentes estadounidenses han defendido: lograr que Europa y otros miembros de la alianza transatlántica asuman una mayor parte de la carga que supone mantener el sistema imperialista.
Hasta cierto punto, la estrategia de Washington parece haber tenido éxito. Como Rutte enfatizó repetidamente en sus elogios a Donald Trump, el gasto está en aumento. Washington logró que Europa volviera a amar la guerra.
Pero ese militarismo creciente conlleva peligros profundos y tiene un costo enorme.
La guerra contra Irán no tiene un final a la vista. Mientras los dirigentes de la OTAN se reunían, Washington lanzó oleadas sucesivas de ataques —más de ochenta objetivos la primera noche, unos noventa la siguiente— y volvió a imponer las sanciones petroleras que había suspendido brevemente, mientras Trump declaraba desde la sala de la cumbre que la tregua había «terminado» y menospreciaba a los dirigentes de Irán en los términos más crudos.
Mientras tanto, la guerra en Ucrania, ya en su quinto año, siguió intensificándose. Si hace apenas unos años países como Alemania se mostraban reacios a enviar cascos de combate a Ucrania por temor a una escalada, ahora la OTAN opera como la retaguardia estratégica del esfuerzo bélico. Ha proporcionado a Kiev una gama completa de armamento avanzado. Ha establecido instalaciones de producción de drones en todo el bloque. Y sus servicios de inteligencia participan activamente en la identificación de objetivos en la infraestructura crítica de Rusia.
Hoy en día, varios Estados miembros de la OTAN hablan abiertamente sobre la posibilidad de una confrontación directa con Rusia —y están aumentando el gasto militar y los esfuerzos de movilización como preparación—. Europa marcha hacia la guerra, y Washington ayudó a preparar el terreno. Como el propio Rutte admitió recientemente: «La OTAN es una plataforma para que los Estados Unidos proyecten su poder en el escenario mundial».
El costo lo asumen, como siempre, los trabajadores. La ola de rearme de la OTAN ha dado a las clases dominantes europeas un pretexto para desmantelar definitivamente los restos del orden socialdemócrata que prevaleció desde la Segunda Guerra Mundial. La militarización y la austeridad son dos caras de la misma moneda, y los efectos ya se están sintiendo en los recortes presupuestarios en todo el continente.
Este es uno de los terrenos en los que crece la resistencia a la agenda militarista de la OTAN.
El 14 de junio, en los días previos a la reunión del Consejo Europeo para negociar el próximo presupuesto de siete años del bloque, miles de personas marcharon por Bruselas bajo el lema «Bienestar, no guerra». La marcha de Bruselas fue el punto central de una semana de acciones en todo el continente, desde España hasta Finlandia, y de Grecia hasta Gran Bretaña.
La resistencia se hizo presente incluso en la propia cumbre de Turquía. En las dos semanas previas, se llevaron a cabo manifestaciones contra la OTAN, encabezadas por sindicatos y movimientos antiimperialistas, en Estambul, Ankara e Izmir, en protesta contra los crecientes presupuestos militares y la expansión de la alianza.
Las autoridades turcas respondieron con represión: la gobernación de Ankara prohibió todas las concentraciones, marchas y reparto de folletos en toda la provincia durante la cumbre, al tiempo que detuvo a cientos de personas. La alianza que se autoproclama una comunidad de «democracias maduras» se reunió tras un muro de calles cerradas y prohibiciones de reunión.
La marcha de la OTAN hacia la guerra no es un signo de su fortaleza, sino de su debilidad. Refleja la respuesta desesperada de un sistema imperialista que ya ha cumplido su ciclo y busca salvar su hegemonía mediante la fuerza bruta —matando a la clase trabajadora en el extranjero mientras la empobrece en casa.
Es tarea del movimiento internacional conectar estos frentes: vincular a la trabajadora en Bruselas que defiende su pensión con el pueblo de Irán bajo bombardeo, y la lucha contra la austeridad con la lucha contra la guerra.
Ese es el mensaje que encierra el sencillo lema que ahora recorre Europa: «Bienestar, no guerra» —un mundo organizado para la vida, no para la muerte.
En solidaridad,
El Secretariado de la Internacional Progresista